Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador dio a conocer el nombre de la nueva titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Alicia Bárcena. Es bióloga por la Universidad Nacional Autónoma de México y cuenta con una maestría en Harvard. Ha ocupado cargos en la Organización de las Naciones Unidas, fue secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y embajadora de México en Chile.
En el contexto de su trayectoria profesional se ha inclinado por la necesidad de realizar profundos cambios en del modelo económico y social latinoamericano, agobiado por la pobreza y la concentración de la riqueza, se ha pronunciado a favor del modelo cubano y manifestado ser ferviente seguidora de la 4T.
Si bien su nombramiento ha creado positivas expectativas en diversos analistas, como una opción latinoamericanista y de izquierda pragmática, también otros especialistas subrayan que dicho nombramiento sería un guiño para la izquierda, muy acorde con el proyecto político del presidente mexicano.
La administración saliente de la Cancillería deja temas álgidos, algunos de los cuales no debieron haber alcanzado la magnitud en los que ahora se encuentran, como las relaciones bilaterales con Perú, Panamá y Bolivia, o bien, los desencuentros en la Alianza del Pacífico y en la Organización de Estados Americanos, una región importante para México. Algunas especialistas observan falta de oficio diplomático.
En el otro ángulo, los vínculos con América del Norte tampoco han estado exentos de tensiones, en temas de trascendencia para México como el económico-comercial, migratorio y de seguridad y narcotráfico. El próximo año se realizarán elecciones presidenciales en el vecino país del norte.
Persiste la duda si la nueva Canciller tendrá la suficiente libertad para conducir la política exterior que ella considere adecuada, de conformidad con los intereses nacionales de México, ante la fuerte presencia de la oficina de la presidencia, o bien, dará continuidad a las acciones de política exterior que se han estado aplicando (de las cuales no tengo claridad sobre su dimensión), sobre enunciados populares de la “mejor política exterior es la interior” y las aplicadas acciones contradictorias, acotadas y acartonadas en torno a los principios de la política exterior de México, particularmente en los relativos a la no intervención y autodeterminación, en un mundo sumamente interrelacionado política, económica y tecnológicamente y que, de acuerdo a varios especialistas, sólo han mermado la presencia y la influencia internacional de nuestro país.
La pregunta persiste, si la nueva funcionaria tendrá las habilidades y las agallas para dialogar con el presidente y empezar a componer las cosas rotas o, al contrario, dará continuidad a las directivas de la presidencia y evitar un mal sabor de boca, como se observa hoy en la tibieza de la Cancillería. Severos críticos subrayan que la administración saliente de Marcelo Ebrard solo apostó a ser eficiente, en función de una eventual candidatura presidencial.
Articulistas destacan que el primer mandatario mexicano está acostumbrado a establecer relaciones de dominación y sumisión y prefiere imponer que negociar. Esto no aplica en el contexto internacional como lo entiende el presidente. En el ámbito internacional se negocia y se convence. Ese es el eje central de la diplomacia.
Es necesario fortalecer la diplomacia mexicana y darle coherencia en el contexto internacional.
En fin, la moneda está echada al aire, veamos de que cara cae.