El show debe continuar

30 de Marzo de 2025

Mauricio Gonzalez Lara

El show debe continuar

mauricio gonzalez lara

Bellísima, filme dirigido por Luchino Visconti en 1951, cuenta la historia de Maddalena, una madre de clase media baja que intenta por todos los medios posibles que su pequeña hija María participé en una cinta a punto de rodarse en Cinecittà, los legendarios estudios cinematográficos de Italia. El casting es brutal: decenas de jefas de familia forman una larga fila en busca de mostrar por un par de minutos los atributos de sus vástagos a los cada vez más indolentes realizadores. María carece de experiencia y ni siquiera cuenta con genuinas ambiciones de ser una artista. La tenacidad de la madre, sin embargo, es inquebrantable. Interpretada con ruda vulnerabilidad por Anna Magnani, Maddalena entabla amistad con un joven que le conseguirá eventualmente una audición, aunque no bajo las condiciones que ella imagina. El cine en Bellísima funciona como escape y engaño: es una fuerza enajenante que le brinda inolvidables momentos de goce al pueblo (como queda plasmado en una hermosa secuencia donde todo el vecindario mira fascinado la proyección de Río Rojo, de Howard Hawks), al tiempo que se despliega como una industria que ofrece avance económico a cambio de explotación y envilecimiento moral. Irónicamente, Maddalena cobra conciencia del costo a pagar cuando contempla el sufrimiento de su hija en una pantalla utilizada para observar las pruebas del casting. La proyección cinematográfica, una imagen fantasmagórica de la verdad, termina siendo más real que el sueño de alcanzar la fama. Las cosas no les salen tan bien a los participantes de What Do Kids Know?, el programa televisivo de concursos en Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson. La película narra dos casos lamentables. El primero es el de Stanley Spector, un niño que se orina en plena transmisión, aturdido por el escarnio de la audiencia. De no ser por su padre, quien le impide ir al baño con el fin de no interrumpir el show, Stanley pudo haberse salvado de la humillación pública. El segundo es el del cuarentón Donnie Quiz Kid Smith, quien cuenta cómo sus padres se gastaron todo el dinero que ganó de niño mientras se emborracha en un bar, donde sueña con conseguir recursos para colocarse unos frenos dentales y así poder salir a buscar al amor de su vida. ¿Cuántos niños experimentarán tragedias similares en los programas que vemos diariamente por televisión? La respuesta, asumo, debe calcularse en decenas, sino es que cientos. En días recientes, Conrad Murray, el doctor que fue condenado a cuatro años de cárcel por el homicidio involuntario de Michael Jackson en 2009, aseguro que el Rey del pop fue castrado químicamente por su padre, el recién fallecido Joe Jackson, con el objetivo de mantener agudo su tono de voz. “Joe Jackson fue uno de los peores padres de la historia, la crueldad que Michael experimentó es indescriptible”, afirmó Murray. El intérprete de Thriller falleció a los 50 años, producto de una sobredosis de fármacos en junio de 2009. Varios años antes le reveló a Oprah Winfrey que había sido víctima de abusos verbales y físicos por parte de su padre, pero nunca mencionó nada sobre tratamientos hormonales o una castración química. No obstante, la posibilidad de que tal atrocidad haya sucedido no suena remota. El público explota a las estrellas infantiles en dos tiempos: en su ascenso, cuando aplaude su frescura e inocencia, hace caso omiso de la forma en que sus padres o tutores les conculcan la niñez, obligándolos a trabajar y suprimir sus sentimientos; en su decadencia, cuando el artista está acabado y en la ruina, se deleita con la contemplación morbosa de su degradación. Cuesta trabajo pensar en un destino más indigno. No en vano Pinky, el personaje de Pink Floyd The Wall, se negó salir del hotel y continuar con el show.

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