En estos días, los equipos negociadores de Rusia y Estados Unidos sostuvieron reuniones importantes, de cara a alcanzar un acuerdo sobre la navegación en el Mar Negro.
Buena parte de los granos que consume Occidente vienen de aquella región. El alto el fuego es un primer paso para alcanzar una paz más profunda. Arabia Saudí ha servido como terreno neutral para estas negociaciones.
Como en todo conflicto, es necesario que las partes pongan interés en alcanzar un acuerdo. Esta guerra, que ya suma miles de muertes, va a terminar, como lo han hecho otras muchas. Incluso, no sería extraño ver a los líderes en conflicto estrechar las manos, en señal de acuerdo.
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¿Y luego? Tengo imágenes muy claras de los líderes de Palestina e Israel dándose la mano después de firmar alguno de los acuerdos de paz, por ejemplo, los acuerdos de Camp David. Ese y otros ejemplos nos ha regalado la historia. ¿Qué tal los de Vietnam?
En fin, la historia ha atestiguado estos eventos y, en su momento, los hemos saludado como un ejemplo de civilidad política. Si usted se toma un tiempo, verá que aquellos conflictos internacionales que cobraron miles de vidas hoy no se explicarían. Países que fueron enemigos acérrimos, hoy son socios muy confiables.
No voy a decir aquí que los países que tienen algún diferendo se junten para darse la mano; ojalá la realidad fuera tan sencilla. Quiero poner en su atención lo que queda después de los conflictos.
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Cómo una guerra desbarata las sociedades, pulveriza las familias, interrumpe de forma dramática el desarrollo científico, educativo, tecnológico, social… ¡en fin! Es una tragedia para esas naciones.
Pronto habrá un acuerdo entre Rusia y Ucrania. Espero que pronto también lo haya entre Israel y el grupo armado Hamas. Pasará el agua bajo el puente de la historia, como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales.
La historia se encargará de ir poniendo a cada uno en su lugar, aunque de pronto la historia suele ser más amigable con los ganadores. Pero pasará. Y lo que quedará para el recuerdo serán los miles de hombres y mujeres inocentes que perdieron la vida.
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Las fronteras podrán moverse, los países podrán ganar territorio, otros quizá lo pierdan. Lo que resulta claro es que, en guerras como las ya mencionadas, nadie gana. Antes al contrario, los países pierden el mejor de sus recursos: el recurso humano.
Algún día nos vamos a percatar de la inutilidad de la violencia, pero será después de haber dejado en el camino miles de historias, de sueños interrumpidos, anhelos que no se cumplieron y realidades que enlutaron miles de hogares.
Ojalá que la mesura que aún conservan algunos líderes del mundo se utilice para llevar paz a estos lugares del mundo. ¡Ojalá!