El mundo enfrenta un nuevo ciclo de proteccionismo liderado por Estados Unidos. Donald Trump, en su segundo mandato, ha impuesto aranceles con la promesa de reindustrializar el país, aunque la historia demuestra que estas políticas suelen tener el efecto contrario.
La imposición de aranceles distorsiona la economía global, afectando tanto a los países que los imponen como a los que dependen del comercio exterior. En lugar de fortalecer la industria local, estos impuestos elevan costos, reducen competitividad y perjudican a los consumidores.
Trump y la nueva ola de proteccionismo
En las últimas semanas, Donald Trump reactivó su estrategia proteccionista, imponiendo un 10% de aranceles a productos chinos y amenazando con extender políticas similares a México, Canadá, la Unión Europea y Taiwán. A pesar de que suspendió la aplicación en el caso de México y Canadá, dejó en evidencia un elemento preocupante: para Trump, los aranceles son una forma de incentivar a las empresas a fabricar en Estados Unidos.
Sin embargo, esta es una idea equivocada. Las empresas no producen en Estados Unidos debido a los altos costos de mano de obra y producción. El libre comercio permite que la producción se ubique en los lugares más eficientes, minimizando el uso de recursos. Forzar la producción local mediante barreras comerciales sólo encarece los productos y reduce el bienestar global.
Además, sus efectos van más allá de los directos. La guerra comercial entre Estados Unidos y China afecta a múltiples economías integradas en la cadena de valor global. Si una empresa china necesita insumos de otro país y enfrenta restricciones, la demanda de esos insumos cae, perjudicando a productores en otras regiones. En América Latina, economías como Chile y Perú se verán afectadas por estos efectos indirectos.
Un precedente histórico: el error de Smoot-Hawley
En la década de 1930, la Ley de Aranceles impulsada por el senador Reed Smoot y el diputado Willis Hawley buscaba proteger la industria local de la competencia externa. Dicha ley desató una guerra comercial que redujo las exportaciones de Estados Unidos en un 30%. Además, el bienestar cayó en los países que respondieron con represalias, disminuyendo las ganancias del comercio entre un 8% y un 16%.[1] En el contexto de la Gran Depresión, esta política sólo agravó la crisis. Trump parece repetir este error.
Los desafíos de la globalización
La globalización ha generado grandes beneficios económicos y sociales. Ha reducido costos de transacción, abaratado precios al consumidor, mejorado la eficiencia mediante la competencia, acelerado la difusión tecnológica y reducido la pobreza extrema. Sin embargo, también ha generado desigualdades internas. La liberalización del comercio beneficia al sector exportador mientras que los sectores que compiten con los bienes importados, en muchos casos ligado a empleos de menor calificación, sufre un deterioro en sus ingresos. Esto ha alimentado el descontento y un resurgimiento del proteccionismo.
Para evitar un retroceso, los países deben fortalecer sus redes económicas sin comprometer los beneficios del libre comercio. Esto implica mejorar los marcos regulatorios, reducir barreras de entrada para empresas, fomentar la competencia, impulsar marcos tributarios más progresivos y fortalecer las instituciones. Sólo así se podrá garantizar un crecimiento económico sostenible y equitativo en un mundo interconectado.
[1] Kris James Mitchener, Kevin Hjortshøj O’Rourke, Kirsten Wandschneider, The Smoot-Hawley Trade War, The Economic Journal, Volume 132, Issue 647, October 2022, Pages 2500–2533, https://doi.org/10.1093/ej/ueac006