La realidad le está encareciendo la apuesta al canciller Juan Ramón de la Fuente. Sin duda, es uno de los hombres más preparados y también más prestigiosos del gobierno de Claudia Sheinbaum. Sin embargo, para los duros del morenismo, es un externo formado en el priismo que ocupa un lugar en el gabinete que debería ser de Morena.
Lo cierto es que De la Fuente nunca militó en el PRI y es un profesional formado y probado en la academia. Por otra parte, muchos profesionales del Servicio Exterior, particularmente embajadores en el retiro, lo miran con desprecio porque lo consideran un inexperto que carece de la experiencia y las credenciales para un cargo y un momento que, se supone, requiere lo mejor de la diplomacia mexicana.
Para colmo, De la Fuente tiene que preocuparse tanto por Marcelo Ebrard, quien ha refrendado su condición de hombre indispensable en la política interna y en la negociación con Estados Unidos, como por la estrella emergente, Altagracia Gómez, que parece estar a cargo de algunos canales de comunicación informales, pero valiosos, con el gobierno de Donald Trump.
Además, debe lidiar con otros fantasmas que, desde las sombras, también trabajan como enlaces, correos personalísimos o embajadores sin cartera, siempre informales e incluso confidenciales, entre ambos gobiernos. El único canciller se llama Juan Ramón de la Fuente, pero cada día es más evidente que no es el único que negocia en nombre del gobierno mexicano.