Delia Quiroa, sobre los pasos de una rastreadora
“Yo no tengo vida, no puedo hacer planes. Yo no puedo decir que me voy de vacaciones con lo que me queda de familia un día", cuenta la activista

La conferencia del presidente Andrés Manuel López Obrador se interrumpió en junio de 2019 cuando María Isela Valdez Chaidez, madre de Roberto Quiroa Flores Valdez, se hincó ante el mandatario para que encontrara a su hijo desaparecido en 2014. “Yo te voy a ayudar, lo vamos a buscar y te lo voy a entregar”, fue la promesa del Ejecutivo Federal. En la familia Quiroa la búsqueda no ha cesado, Delia la hermana de Roberto se convirtió en una rastreadora.

Delia Quiroa es el rostro visible de un acto inédito en México. Es la vocera de la Unión de Colectivos de Madres Buscadoras en Tamaulipas que pidió tregua a “Los Ciclones”, una facción del cártel del Golfo, para entrar al predio de La Bartolina a buscar personas desaparecidas. Con sus palabras relata cómo es buscar a un desaparecido.
Antes de ser víctima de desaparición, Roberto Quiroa fue secuestrado en tres ocasiones. Su familia pagó dos rescates, uno de 1.2 millones de pesos y otro de 300 mil pesos. La tercera vez que el hermano de Delia fue privado de su libertad estaba con su mamá. Desde aquel 10 de marzo de 2014 no saben dónde está.

“Lo cierran varias camionetas y gente armada, y se llevan a mi mamá y a mi hermano, pero los delincuentes después de 45 días solo liberan a mi mamá para que pagara el rescate. El 8 de mayo del 2014 dejaron de pedir dinero… ya no se volvieron a comunicar”, cuenta Delia. A partir de entonces ella emprendió una búsqueda que no ha terminado.
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Del último día en el que supo de su hermano ya pasaron siete años. Ahora Quiroa sabe de leyes, amparos, recursos, oficios y diligencias para presionar a las autoridades a buscar a su hermano. Aunque también por sus propios medios y acompañada de familiares de desaparecidos busca a Roberto.
“Nos vimos en la necesidad de hacerlo nosotras mismas y las familias, los papás, las mamás, todos, lo hacemos porque la autoridad no quiere hacerlo o te dice que sí pero no lo hace o van un ratito al predio y por el calor, por todas esas cuestiones de que luego no hay baños o por la incomodidad que es estar en un lugar como ese no quieren hacer ese trabajo”, cuenta a este periódico.
Información, el inicio
Ante la inoperancia de las autoridades, Delia y otras familias cuentan con otros medios para hacerse de información sobre lugares donde podría haber restos humanos. En redes sociales, por teléfono o de boca a boca a los colectivos les llega información —siempre de forma anónima— de posibles fosas clandestinas. Ante el panorama de desaparecidos en México, la información es un recurso valioso, para quien la busca, pero también para quien la tiene.
“Casi siempre nos piden algo, nos piden dinero a cambio de la información. Primero les decimos, “Bueno, dame algo que yo pueda corroborar y si yo veo que si hay pues te apoyo con algo, ¿no?” y entre todas pues apoyamos y les damos una recompensa en algunos casos porque a veces no se puede”, cuenta.
El segundo paso es revisar la zona. La tamaulipeca indica que en una primera visita se busca si hay prendas, un zapato, una pulsera o la tierra revuelta. Sobre todo ver si hay hundimientos en el suelo, si la tierra se siente blanda es casi seguro que ahí hay una fosa clandestina.
Una vez hecha la revisión preliminar, es decir, cuando las familias hicieron todo ese trabajo que en principio no les corresponde, van con las autoridades. Les solicitan seguridad para ellas y la realización de una diligencia con peritos y perros para que se busquen restos humanos.
La petición conlleva todo un proceso administrativo y burocrático de varias semanas, en el que participan varias personas y que no siempre se consigue por diversos motivos como la carga de trabajo de las fiscalías, por la falta de recursos o el desinterés. Buscar a un desaparecido es un trabajo de tiempo completo, por el que no hay paga y que se alimenta exclusivamente de la esperanza de volver a ver a un familiar.
“Yo no tengo vida, no puedo hacer planes. Yo no puedo decir que me voy de vacaciones con lo que me queda de familia un día, o que voy a buscar un trabajo, porque tengo que estar detrás de las autoridades exigiéndoles que hagan su trabajo. Tengo que estar detrás de ellos y si pido y pido permisos, pues me corren de los trabajos. Batallamos mucho. Casi no duermo y me la paso leyendo leyes y buscando la manera de obligarlos legalmente a hacer su trabajo, pero ni aún así lo quieren hacer, ya cuando uno les fundamenta los escritos y les pide las cosas ni así lo quieren hacer”, relata Delia.
En el caso de que la diligencia se consiga, por ejemplo haciendo presión en redes sociales y medios de comunicación, como fue el caso de La Bartolina —-donde se pidió a “Los Ciclones” una tregua para acceder al lugar y debido al revuelo que eso causó la Fiscalía General de la República volteó a ver a las solicitantes— el terreno se divide en polígonos de búsqueda y se resguarda la zona.
“De “Los Ciclones” no tenemos una certeza de que ellos hayan contestado. Nos habló una persona y dijo que era cura, pero no sabemos, y (nos informó) que decían estas personas que entráramos, hiciéramos lo que vamos a hacer y que nos fuéramos, que sacáramos todo de ahí y que nos fuéramos, pero no tenemos certeza”, cuenta Quiroa.
Al llegar a un nuevo predio, lo primero que se hace es limpiar el lugar de maleza. Algunos colectivos hacen una oración, piden con fe encontrar a sus familiares. Posteriormente, “se avanza y se pica la tierra con una varilla (para buscar zonas de hundimiento). Ya que se varilla el terreno se pasa el canino” y ese es un momento clave, porque si el perro se echa es señal de que ahí hay restos.
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“Entonces es cuando entra el perito, el antropólogo y empiezan a excavar. Si se encuentran restos ahí ya empiezan a hacer el procesamiento para embalarlos y mandarlos a un resguardo para hacer pruebas genéticas”, dice la rastreadora.
La identificación es un tramo aún más difuso, pues en México hay 52 mil cuerpos que están bajo resguardo de las autoridades sin saber a quién pertenecen. Ese es el tamaño de la crisis forense que reconoce el gobierno, aunque los colectivos de familiares señalan que la cifra puede ser mayor debido a que hay gobiernos estatales con datos anómalos y a que no se incluyen fragmentos óseos que las propias autoridades no han podido individualizar, dice el informe del Movimiento por Nuestros Desaparecidos.
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En las diligencias el clima puede jugar un papel en contra, pues hay algunas que se han suspendido por las altas temperaturas, la lluvia, la cercanía de un huracán, o de tolvaneras que complican las labores.
Las dificultades de conseguir una diligencia, de que avancen los procesos, hace que las familias no se sienten acompañadas por el gobierno. A veces no se sienten acompañadas por nadie. “Lo más difícil es que sabemos que la autoridad debería de protegernos y nos damos cuenta como familias que ellos no los buscan y que si no lo hacemos nosotras, nadie los va buscar. Tenemos que dejarlo todo, todo hasta nuestros hijos para buscarlos. Todo el mundo nos da la espalda, nos abandonan, nos dejan solas, nuestros amigos, nuestras familias nos dejan también”, cuenta Delia.
Además del abandono, las víctimas tienen desconfianza en las autoridades. “Me da miedo decirlo porque a quien le pise uno los callos pues se va ir en contra de ti, van a decir “A ver, esta mujer que está hablando y todo lo que está diciendo pues “ya cállala”, o sea “ya cállala porque ya nos está estorbando”. No crea, pero también tenemos miedo, pero si no hacemos esto nunca vamos a saber qué pasó o de pérdida quiénes son las personas que están ahí o en otros lugares, ya no podemos vivir así”.
Con el cuerpo cansado
Han pasado ya siete años desde que Delia Quiroa no ve a Roberto y su cuerpo sabe y reciente la búsqueda incesante. “Tengo ansiedad, tengo colitis nerviosa. Todas están enfermas, todas. Más las mamás, si yo soy hermana y mire cómo me siento, imagínese una madre”, cuenta.
Con el cuerpo cansado Delia sostiene que se levanta todos los días por “el amor y la mortificación”. Admite también que encontrar vivo a Roberto ya no le parece posible.
“La verdad ahorita ya no, ya pasó mucho tiempo. Yo lo único que quisiera es que las autoridades protegieran a las víctimas, que realmente hicieran su trabajo y que hagan los actos de investigación correspondientes para dar con el paradero de nuestros familiares”, dice.
Delia Quiroa agrega: “Ya no decimos con los responsables sino con el paradero o qué fue lo que pasó, si los calcinaron o los desintegraron. Que traten ellos de dar con esa verdad para que podamos tener paz y decir “bueno, pues ya me demostraron que pasó esto, ya no lo tengo que seguir buscando””, dice.
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